De Protea, apasionada del jiu-jitsu y primera espía de la historia del cine, a Mata Hari (interpretada por Greta Garbo, Jeanne Moreau o Sylvia Kristel), fusilada por sus actos de espionaje a favor del enemigo alemán, el cine adora poner en primer plano a las agentes secretas. Así, Marthe Richard, la Chatte o Mademoiselle Docteur (Fräulein Doktor) son heroínas inspiradas en espías reales, mientras que Alicia Huberman, interpretada por Ingrid Bergman en el filme Encadenados de Hitchcock, es un puro fantasma ficcional de la mujer espía.
Durante las dos guerras mundiales, un gran número de estrellas supieron aprovechar su aura para operar en distintos servicios de inteligencia. Joséphine Baker pasaba información clasificada a la Oficina Central de Inteligencia y Acción francesa (BCRA) durante sus viajes, y Marlene Dietrich, que interpretó a la agente X-27 en la gran pantalla (Fatalidad), espió a los nazis para la Oficina de Servicios Estratégicos estadounidenses (OSS). Estos riesgos reales permiten reevaluar la importancia de estas espías en el arte de la inteligencia, y ponen de manifiesto, comparativamente, el modo en que el cine ha solido caricaturizarlas mediante la hipersexualización del sexpionaje. El estereotipo de la cortesana se opone a la invisibilidad de esas mujeres valerosas y patriotas.
A principios de 1918, el Estado Mayor francés iniciaba la construcción de un «falso París» en los alrededores de Herblay (Valle del Oise), formado por una serie de monumentos ficticios iluminados por la noche y destinados a engañar a los aviones enemigos alemanes durante sus incursiones nocturnas. En el plano de esa falsa ciudad figuraban la línea ferroviaria de la Petite Ceinture, así como estaciones y puntos destacados de París. Los espías y aquellos para quienes trabajan son auténticos falsificadores que crean dispositivos señuelo para engañar al enemigo, como esta ciudad ficticia o, como puede observarse en la vitrina, el falso manual de cocina y la falsa antología de poesía francesa.
Nacida en 1876 en los Países Bajos, Margaretha Geertruida Zelle fue agente doble y bailarina de estriptís de lujo, bajo el exótico nombre artístico de Mata Hari. También fue la amante del barón de Rothschild, del compositor Puccini o del chocolatero Meunier. Según algunos críticos, sus hazañas se limitaron a la obtención de unos pocos secretos de alcoba durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, fue condenada por espionaje por el Estado Mayor francés y fusilada en la fortaleza de Vincennes el 15 de octubre de 1917. A pesar de que, muy probablemente, nunca llegue a dilucidarse toda la verdad sobre ella, su glamuroso personaje, encarnado por las más bellas actrices del mundo, ha establecido una mitología del sexpionaje en el cine y en las artes plásticas.
A partir de 1934, Alfred Hitchcock rodó sucesivamente cinco trepidantes películas de espionaje que sentaron las bases del «filme hitchcockiano»: El hombre que sabía demasiado (1934), 39 escalones (1935), El agente secreto (1936), La mujer solitaria (1936) y Alarma en el expreso (1938).
Una vez instalado en los Estados Unidos, el cineasta siguió en la misma línea. Tras Enviado especial (1940) y Sabotaje (1942) —dos películas de persecución al estilo de 39 escalones—, Encadenados (1946) cambiaría las reglas del juego: suspense intenso, unidad de lugar, una heroína obligada a jugar a dos bandas, un «MacGuffin» en forma de botella de vino...
En una segunda etapa (1956-1969), realizó cuatro nuevas películas de espías: una autoadaptación de El hombre que sabía demasiado (1956); Con la muerte en los talones (1959), obra maestra del género y «retorno» de los 39 escalones a escala del continente americano y, finalmente, Cortina rasgada (1966) y Topaz (1969), dos filmes «helados» — Guerra Fría obligaba—.
Hitchcock convirtió la película de espías en un género ideal, capaz de aunar amor y acción, y de «vehicular» (por carretera, aire o raíles) una doble intriga policíaca y sensual.
Nacida en 1915 en Austria, Hedy Lamarr provocó un gran escándalo con tan solo dieciocho años al interpretar el primer orgasmo del cine en Éxtasis (Gustav Machatý, 1933). Al llegar a Hollywood, donde fue contratada por la poderosa Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), descubrió su pasión por las tecnologías militares. Interpretar a mujeres fatales no satisfacía la imperiosa necesidad de enfrascarse en sus inventos. En 1942, junto con el pianista George Antheil, registró la patente de un sistema que aunaba torpedos y ondas hercianas y se lo propuso al Ejército estadounidense, que lo desestimaron.
Lejos de encarnar al clásico cebo femenino en lo que en el argot del espionaje se denomina «trampa de miel» y al que a menudo se ha relegado a las espías, Lamarr contribuyó significativamente al esfuerzo de guerra. Su invención permitiría el posterior desarrollo de un gran número de sistemas de comunicación contemporáneos, como, entre otros, el teléfono móvil, el Bluetooth y el GPS.
Fritz Lang escribió junto con su esposa, la escritora Thea von Harbou, el guion de Los espías (1928) inspirándose en un suceso que marcó a la opinión pública: en mayo de 1927, cientos de policías habían registrado en Londres la sede de la compañía comercial Arcos, bajo la sospecha de que ocultaba una oficina secreta comunista. Tal hecho condujo a la ruptura de las relaciones diplomáticas entre el Reino Unido y la Unión Soviética. Lang introduce en su historia a la seductora Sonja, cuya misión consiste en engatusar a los miembros del Estado Mayor alemán en beneficio del diabólico Haghi, quien impone su ley en una red de fanáticos espías.
A finales de la década de 1930, Ursula Kuczynski (alias Ruth Werner), «la mejor espía soviética», rendiría homenaje al personaje adoptando el nombre en clave de Sonja /Sonya para llevar a cabo sus misiones más peligrosas, especialmente la de la transmisión de secretos atómicos.
