El retrato suele definirse como la recreación de la imagen de un individuo concreto. Tradicionalmente, la mayoría de ellos tratan de plasmar el aspecto físico del modelo con un estilo realista y otorgando un especial protagonismo al rostro. Pero un retrato va más allá del mero reflejo: es la reconstrucción poliédrica de una identidad, por lo que puede adoptar múltiples formas y servir a propósitos diversos.
Hace unos 5.000 años se desarrolló en Egipto la primera tradición verdaderamente retratista, cuando faraones y funcionarios reales encargaron esculturas idealizadas de sí mismos para afianzar su estatus. En cuanto a Occidente, la tradición del retrato como expresión del carácter y la individualidad se originó en Grecia hace más de 2.300 años, y los romanos siguieron desarrollándola más tarde. Muchas otras civilizaciones antiguas produjeron de forma independiente magníficos retratos naturalistas, como los de la cultura moche del antiguo Perú (100-800), que recreó en cerámica a individuos destacados de su comunidad
Los retratos suelen mostrar el aspecto de una persona, pero también nos hablan de su identidad. Los rasgos físicos -gestos, pose y expresión facial- son indicativos de la personalidad y el estado de ánimo, mientras que la ropa, el escenario y determinados objetos apuntan a su rol y a su posición en la sociedad.
La identidad personal y el carácter pueden representarse de modos muy diversos. El retrato de un individuo rico e importante suele estar concebido para transmitir poder y grandeza, mientras que las representaciones de personas corrientes a menudo son más personalizadas y reveladoras. Lo más habitual es que el retrato se haga del natural, con el modelo físicamente presente ante el artista. Sin embargo, también se puede retratar a una persona fallecida, con el objetivo de preservar su memoria y recordar sus logros.
No todos los retratos describen al modelo de un modo naturalista y fiel a la realidad. A comienzos del siglo XX, los artistas vanguardistas empezaron a subvertir la representación tradicional de la forma humana centrada en mostrar el mayor parecido posible. Así surgieron estilos nuevos y radicales que exageraban, distorsionaban o fragmentaban los rostros y los cuerpos para evocar estados de ánimo, emociones e ideas. De hecho, ya en el siglo XVI hubo artistas europeos que experimentaron con la perspectiva y los efectos ópticos para crear retratos fantásticos de personajes reales o imaginarios.
Los seres humanos somos sociales por naturaleza. El concepto que nos formamos de nosotros y del mundo está determinado por las relaciones que construimos con los demás. La pertenencia a un grupo proporciona objetivos y significado y a nuestra vida. Eso explica la importancia de la familia, la amistad y la comunidad como temas artísticos de tantas culturas. Entre ellos, la maternidad es especialmente constante y omnipresente en el universo artístico, representada globalmente mediante la imagen arquetípica de la madre amamantando a su bebé. El amor, el deseo erótico y el rito del matrimonio han sido también muy celebrados por el arte de diferentes períodos. Algunos artistas incluso han hecho de los retratos de amigos, amantes y parientes una referencia ineludible en su producción. Vistas en conjunto, estas significativas escenas en torno a la vida familiar, la fraternidad y el cariño evocan la necesidad humana de compañía, intimidad y apego.
